Comentarios del Presidente Obama, el Canciller Alemán Merkel y Elie Wiesel

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COMENTARIOS DEL PRESIDENTE OBAMA, EL CANCILLER ALEMÁN MERKEL Y ELIE WIESEL EN EL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE BUCHENWALD

5 de junio de 2009
Weimar, Alemania

CANCILLER MERKEL: Sr. Presidente, damas y caballeros. En este lugar se estableció un campo de concentración en 1937. No lejos de aquí se encuentra Weimar, un lugar en el que los alemanes crearon maravillosas obras de arte, con las cuales contribuyeron a la cultura y la civilización europea. Cerca de ese lugar, donde alguna vez se reunieron artistas, poetas y mentes brillantes, el terror, la violencia y la tiranía reinaron en este campo.

Al principio de nuestra visita conjunta al monumento de Buchenwald, el Presidente estadounidense y yo nos ubicamos frente a una placa en la que se conmemora a todas las víctimas. Cuando uno coloca la mano en el monumento, puede sentir que se ha calentado. Se mantiene a una temperatura de 37 grados, la temperatura corporal de un ser humano vivo. Sin embargo, este no fue un lugar de vida, sino un lugar de muerte.

Horror y conmoción inimaginables. No existen palabras que describan adecuadamente lo que sentimos cuando pensamos en el sufrimiento impuesto de manera tan cruel a tantas personas en este lugar y en otros campos de concentración y exterminio bajo el terror nacionalsocialista. Inclino mi cabeza ante las víctimas.

Nosotros, los alemanes, nos enfrentamos con las angustiosas preguntas cómo y por qué: ¿cómo pudo pasar esto? ¿Cómo pudo Alemania causar tal estrago en Europa y todo el mundo? Por ello nos corresponde a los alemanes demostrar una resolución inquebrantable de hacer todo lo posible para que nunca vuelva a suceder algo como esto.

El 25 de enero, los presidentes de las asociaciones de ex prisioneros en los campos de concentración presentaron un pedido al público, y este pedido finaliza con las siguientes palabras: “Los últimos testigos apelan a Alemania, a todos los estados europeos y a la comunidad internacional para que continúen preservando y honrando el don humano del recuerdo y la conmemoración en el futuro. Pedimos a los jóvenes que lleven adelante nuestra lucha contra la ideología nazi, y pedimos un mundo justo, pacífico y tolerante; un mundo en el que no haya lugar para el antisemitismo, el racismo, la xenofobia y el extremismo de derecha”.

Esta apelación a los sobrevivientes define claramente la responsabilidad especial que como alemanes debemos asumir con respecto a nuestra historia. Y por eso, entiendo que hay tres mensajes importantes hoy. En primer lugar, permítanme enfatizar que los alemanes consideramos que parte de la razón de ser de nuestro país es mantener vivo el recuerdo eterno de la ruptura con la civilización que fue el Shoah.

Es la única manera en la que podremos dar forma a nuestro futuro.

Por eso me siento agradecido de que el monumento de Buchenwald siempre haya puesto gran énfasis en el diálogo con los jóvenes, las conversaciones con los testigos oculares, la documentación y un amplio programa educativo.

En segundo lugar, es sumamente importante mantener vivo el recuerdo de los grandes sacrificios que debieron hacerse para poner fin al terror del nacionalsocialismo, y para liberar a sus víctimas y librar a todas las personas del yugo.

Por eso deseo expresar especial gratitud al Presidente de los Estados Unidos de América, Barack Obama, por visitar este monumento en particular. Esto me da la oportunidad de manifestar una vez más que los alemanes nunca olvidaremos, y que estamos en deuda porque después de la guerra se nos dio la oportunidad de comenzar de nuevo, de disfrutar de la paz y la libertad para la determinación, los denodados esfuerzos y de hecho el sacrificio de sangre de los Estados Unidos de América y de todos aquellos que estuvieron a su lado como aliados o combatientes en la resistencia.

Logramos hallar nuestro lugar nuevamente como miembros de la comunidad internacional a través de una alianza progresista. Y esta alianza fue finalmente clave para permitirnos superar la dolorosa división de nuestro país en 1989, y también la división de nuestro continente. Hoy recordamos a las víctimas de este lugar. Esto incluye el recuerdo de las víctimas del llamado Campo Especial 2, un campo de detención a cargo de la administración militar soviética entre 1945 y 1950. Miles de personas murieron debido a las condiciones inhumanas de su detención.

En tercer lugar, aquí en Buchenwald me gustaría destacar una obligación impuesta a los alemanes a consecuencia de nuestro pasado: defender los derechos humanos, el imperio de la ley y la democracia. Lucharemos contra el terror, el extremismo y el antisemitismo. Y con la conciencia de nuestra responsabilidad, lucharemos por la paz y la libertad, junto con nuestros amigos y socios de los Estados Unidos y de todo el mundo.

Gracias.

PRESIDENTE OBAMA: El canciller Merkel y yo acabamos de terminar nuestro recorrido por Buchenwald. Quiero agradecer al Dr. Volkhard Knigge, quien relató de manera excelente lo que estuvimos presenciando. Estoy particularmente agradecido por la compañía de mi amigo Elie Wiesel y por el Sr. Bertrand Herz, ambos sobrevivientes de este lugar.

Vimos el área conocida como Campo Pequeño, donde enviaron a Elie y Bertrand cuando eran niños. En realidad, en el lugar que conmemora este campo hay una fotografía en la que podemos ver a Elie, de 16 años, en una de las literas junto a los demás. Vimos los hornos del crematorio, las torres de los guardias, las cercas con alambre de púas, los cimientos de los cuarteles donde alguna vez estuvieron detenidas personas en las condiciones más inimaginables.

Vimos el monumento que honra a todos los sobrevivientes: una placa de acero, como dijo el canciller Merkel, que se calienta a 37 grados centígrados, la temperatura del cuerpo humano; un recordatorio (un lugar donde las personas no eran consideradas seres humanos debido a sus diferencias) de la marca que todos compartimos.

Estas imágenes no han perdido su horror con el paso del tiempo. Cuando caminábamos, Elie dijo: “¡Si estos árboles pudieran hablar!”. Y existe una cierta ironía en la belleza del paisaje y el horror que tuvo lugar aquí.

Después de más de medio siglo, nuestra pena e indignación por lo que sucedió no han disminuido. Nunca olvidaré lo que he visto hoy aquí.

Conozco este lugar desde niño, cuando escuchaba historias acerca de mi tío abuelo, quien siendo muy joven participó en la Segunda Guerra Mundial. Fue parte de la 89.ª División de Infantería, los primeros estadounidenses que llegaron a un campo de concentración. Ellos liberaron Ohrdruf, uno de los subcampos de Buchenwald.

Según me contaron, regresó de prestar servicio en un estado de conmoción, taciturno, y se aisló durante meses de su familia y amigos, solo con los recuerdos dolorosos en los que no podía dejar de pensar. Y como podemos ver, como vimos en algunas de las imágenes de este lugar, es comprensible que alguien que presenció lo que sucedió aquí pudiera estar en un estado de conmoción.

El comandante de mi tío abuelo, el general Eisenhower, entendía este impulso al silencio. Había visto los cadáveres apilados y los sobrevivientes hambrientos y las condiciones deplorables que encontraron los soldados estadounidenses cuando llegaron, y sabía que los que presenciaron estas cosas podrían estar demasiado atónitos para hablar de ellas o ser capaces... ser incapaces de hallar las palabras adecuadas para describirlas; que podrían enmudecer como lo hizo mi tío abuelo. Y sabía que lo que había sucedido aquí era tan inconcebible que después de que retiraran los cuerpos, probablemente nadie podría creerlo.

Por eso ordenó a las tropas estadounidenses y a los alemanes de la ciudad cercana que recorrieran el campo. Invitó a miembros del Congreso y periodistas a que fueran testigos y ordenó que se tomaran fotografías y se filmaran películas. También insistió en que se viera cada rincón de estos campos para que, cito esto, pudiera “estar en condiciones de presentar pruebas de primera mano si alguna vez, en el futuro, hubiera una tendencia a atribuir estas acusaciones solamente a propaganda”.

Estamos hoy aquí porque sabemos que este trabajo aún no está terminado. Hasta en la actualidad, hay personas que insisten en que el Holocausto nunca ocurrió; una negación de los hechos y de la verdad que carece de fundamento, y que se basa en el odio y la ignorancia. Este lugar es la reprobación fundamental de tales pensamientos; un recordatorio de nuestra obligación de enfrentar a aquellos que mienten sobre nuestra historia.

También hasta en la actualidad, hay personas que ejercen toda forma de intolerancia (racismo, antisemitismo, homofobia, xenofobia, sexismo, entre otras), de un odio que degrada a sus víctimas y nos denigra a todos. En este siglo, hemos visto el genocidio. Lo hemos visto en las fosas comunes y las cenizas de los pueblos quemados por completo; en niños utilizados como soldados y violaciones usadas como armas de guerra. Este lugar nos enseña que siempre debemos estar atentos a la propagación del mal en nuestro propio tiempo, que debemos rechazar la falsa y cómoda idea de que el sufrimiento de los demás no es nuestro problema y comprometernos a oponernos a quienes sojuzgan a los demás para satisfacer sus propios intereses.

Al reflexionar hoy sobre la capacidad humana para el mal y nuestra obligación compartida de desafiarla, también recordamos la capacidad humana para el bien. Porque en medio de los innumerables actos de crueldad que tuvieron lugar aquí, sabemos que también hubo muchos actos de coraje y generosidad. Los judíos que insistieron en ayunar en Yom Kippur. El cocinero del campo que escondió papas en el forro de su uniforme de prisión y las repartió a otros prisioneros, arriesgando su propia vida para salvar la de los demás. Los prisioneros que organizaron un esfuerzo especial para proteger a los niños en este lugar, dándoles refugio para que no debieran trabajar y ofreciéndoles más comida. Algunos prisioneros crearon aulas secretas, enseñaron historia y matemáticas, y alentaron a los niños a pensar en sus futuras profesiones. Y acabamos de escuchar acerca de la resistencia que se generó y la ironía de que la base de la resistencia estaba en las áreas de las letrinas porque los guardias las consideraban tan desagradables que no se acercaban a ellas. Y así, en medio de la suciedad, se convirtió en un espacio en el que podía prosperar un poco de libertad.

Cuando llegaron los soldados estadounidenses, se asombraron de encontrar a más de 900 niños aún con vida, el menor de los cuales tenía solo tres años. Y me dijeron que un par de prisioneros incluso escribieron una canción a Buchenwald que muchas personas aquí cantaron. Parte de la letra decía: “... cualquiera sea nuestro destino, diremos sí a la vida, porque llegará el día en el que seremos libres... en nuestra sangre llevamos voluntad de vivir y en nuestros corazones, en nuestros corazones, fe”.

Estas personas nunca podrían haber sabido que algún día el mundo hablaría de este lugar. No podrían haber sabido que algunos de ellos vivirían y llegarían a tener hijos y nietos que crecerían escuchando sus historias y regresarían aquí tantos años más tarde para encontrar un museo, monumentos y la torre del reloj que en forma permanente indica las 3:15, el momento de la liberación.

No podrían haber sabido de qué modo la nación de Israel se levantaría de la destrucción del Holocausto ni sabido de los sólidos y duraderos vínculos entre esa gran nación y la mía. Y no podrían haber sabido que un día un presidente estadounidense visitaría este lugar y hablaría de ellos al lado del canciller alemán en una Alemania que es ahora una democracia llena de vida y un valioso aliado estadounidense.

No podrían haber sabido estas cosas. Pero incluso rodeados por la muerte, se propusieron aferrarse a la vida. En sus corazones seguían teniendo fe de que el mal al final no triunfaría, de que aunque la historia sea incognoscible se inclina hacia el progreso, y de que el mundo algún día los recordaría. Y ahora depende de nosotros, los vivos, en nuestro trabajo, en donde nos encontremos, oponernos a la injusticia, la intolerancia y la indiferencia en cualquiera de sus formas, y asegurar que quienes perecieron aquí no lo hayan hecho en vano. Depende de nosotros redimir esa fe. Depende de nosotros dar testimonio; garantizar que el mundo siga observando lo que sucedió aquí; recordar a todos los que sobrevivieron y a todos los que murieron, y recordarlos no solo como víctimas, sino también como personas que amaron, tuvieron esperanzas y sueños, igual que nosotros.

Y de la misma manera en que nos identificamos con las víctimas, creo que también es importante recordar que los perpetradores de ese mal también fueron humanos, y que debemos prevenir la crueldad en nosotros mismos. Deseo expresar un agradecimiento especial al canciller Merkel y al pueblo alemán, porque no es fácil mirar el pasado de esta manera, reconocerlo, hacer algo con él y tomar la determinación de impedir que vuelvan a ocurrir actos como este.

En lugar de terminar con mis palabras, me pareció apropiado que Elie Wiesel nos brindara una reflexión y algunos pensamientos al regresar después de tantos años aquí, al lugar donde murió su padre.

SR. WIESEL: Sr. Presidente, canciller Merkel, Bertrand, damas y caballeros. Mi presencia hoy aquí fue en realidad una manera de venir a visitar la tumba de mi padre, aunque él no tuvo ninguna tumba. Su tumba está en algún lugar en el cielo. Este se convirtió en esos años en el mayor cementerio del pueblo judío.

El día que él murió fue uno de los más tristes de mi vida. Se enfermó, se debilitó, y yo estuve allí. Estuve allí cuando sufrió. Estuve allí cuando pidió ayuda, cuando pidió agua. Estuve allí para escuchar sus últimas palabras. Pero no estuve allí cuando me llamó, aunque estábamos en la misma habitación; él estaba en la cama de arriba y yo en la cama de abajo. Me llamó por mi nombre, y yo estaba demasiado asustado para moverme. Todos lo estábamos. Y entonces murió. Yo estuve allí, pero no estuve allí.

Y pensé que algún día volvería para hablar con él, y contarle acerca del mundo que ahora es el mío. Le hablo de los tiempos en los que el recuerdo se ha vuelto una obligación sagrada de todas las personas de buena voluntad, en los Estados Unidos, donde vivo, o en Europa o en Alemania, donde usted, canciller Merkel, es un líder de extraordinario coraje y aspiraciones morales.

¿Qué puedo decirle de lo que el mundo ha aprendido? No estoy muy seguro. Sr. Presidente, hemos puesto mucha esperanza en su persona porque usted, con su visión moral de la historia, tendrá la capacidad y sentirá la obligación de transformar este mundo en un lugar mejor, donde las personas dejarán de declarar guerras (todas las guerras son absurdas y carecen de sentido); donde las personas dejarán de odiarse unas a otras; donde las personas odiarán en vez de respetar la otredad del otro.

Pero el mundo no ha aprendido. Cuando el ejército estadounidense me liberó el 11 de abril de 1945, de algún modo muchos de nosotros nos convencimos de que al menos se habría aprendido una lección: que nunca más volvería a existir la guerra; que el odio no es una opción, que el racismo es estúpido; y que la voluntad de conquistar la mente o los territorios o las aspiraciones de otras personas no tiene sentido.

Yo tenía muchas esperanzas. Paradójicamente, en ese momento tenía muchas esperanzas. Muchos de nosotros las teníamos, aunque teníamos derecho a renunciar a la humanidad, a renunciar a la cultura, a renunciar a la educación, a renunciar a la posibilidad de vivir nuestra vida con dignidad en un mundo en el que no hay lugar para la dignidad.

Rechazamos esa posibilidad y dijimos no, debemos continuar creyendo en un futuro, porque el mundo ha aprendido. Pero, repito, el mundo no aprendió. Si el mundo hubiera aprendido, no habría habido Cambodia ni Ruanda ni Darfur ni Bosnia.

¿Aprenderá el mundo alguna vez? Creo que por eso Buchenwald es tan importante; tan importante, por supuesto, como Auschwitz, pero diferente. Es importante porque este inmenso campo fue una especie de comunidad internacional. Aquí vinieron personas de todos los horizontes: políticos, económicos, culturales. El primer ensayo o experimento de la globalización se hizo en Buchenwald. Y todo eso tenía la intención de denigrar la humanidad de los seres humanos.

Usted habló de humanidad, Sr. Presidente. Aunque para nosotros, en aquellos tiempos, era humano ser inhumano. Y ahora el mundo ha aprendido, eso espero. Y por supuesto esta esperanza incluye gran parte de la que ahora será su visión para el futuro, Sr. Presidente. Seguridad para Israel, seguridad para sus vecinos, para llevar paz a ese lugar. Debe llegar el momento. Ya tuvimos suficiente: suficiente de ir a los cementerios, suficiente de llorar mares de lágrimas. Es suficiente. Debe llegar un momento de unir a las personas.

Y por eso decimos que cualquiera que viene aquí debe regresar con esa resolución. El recuerdo debe unir a las personas en vez de separarlas. Los recuerdos de este lugar no deben sembrar ira en nuestros corazones; por el contrario, deben generar un sentido de solidaridad con todos aquellos que nos necesiten. Qué otra cosa podemos hacer que invocar ese recuerdo para las personas de todo el mundo que dicen que el siglo XXI es un siglo de nuevos comienzos, lleno de promesas y esperanza infinita, y en ocasiones agradecer profundamente a todos aquellos que creen en nuestra tarea, que es mejorar la condición humana.

Un gran hombre, Camus, escribió al final de su maravillosa novela La peste: “Después de todo”, dijo, “después de la tragedia, nunca el descanso... hay más en el ser humano para honrar que para denigrar”. Incluso esto puede encontrarse como verdad, por doloroso que sea, en Buchenwald.

Gracias, Sr. Presidente, por permitirme regresar a la tumba de mi padre, que aún está en mi corazón.