<p>Una gran multitud se reúne frente al Rathaus para escuchar las exhortaciones de Julius Streicher durante el Putsch de la Cervecería, el primer intento fallido de Hitler de tomar el poder. Múnich, Alemania, noviembre de 1923.</p>

El Putsch de la Cervecería (el Putsch de Múnich)

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El 8 y 9 de noviembre de 1923, Adolf Hitler y el Partido Nazi lideraron a un grupo de la coalición en un intento de golpe de Estado que se conoce como el Putsch de la Cervecería. Empezaron en la cervecería Bürgerbräu Keller en la ciudad bávara de Múnich, con el fin de tomar el control del gobierno estatal, marchar sobre Berlín y derrocar al gobierno federal alemán. En su lugar, intentaron establecer un nuevo gobierno para supervisar la creación de un Gran Reich Alemán unificado donde la ciudadanía se basaría en la raza. Aunque el putsch falló -y las autoridades bávaras pudieron enjuiciar a nueve participantes, incluido Hitler-, los líderes finalmente lo redefinieron como un esfuerzo heroico para salvar a la nación y lo incorporaron al relato del ascenso al poder de Hitler y los nazis.

PLANIFICACIÓN DEL PUTSCH

En toda Alemania, los primeros cuatro años de la República de Weimar estuvieron signados por males económicos, el trauma tras la derrota en la Primera Guerra Mundial y la humillación ante los términos del Tratado de Versalles, que muchos consideraban excesivamente punitivos. En este clima de inestabilidad nacional, tanto los movimientos políticos de izquierda como de derecha, cuyas formaciones paramilitares estaban repletas de veteranos desempleados y jóvenes rebeldes, habían fallado en su intento de derrocar la incipiente democracia. Para cuando Hitler y los nazis prepararon su intento de golpe de estado en 1923, el movimiento contaba con más de 50.000 miembros, la mayoría de los cuales se habían incorporado con la esperanza expresa de que el partido tomara medidas contra la república democrática. Inspirado por la exitosa “marcha sobre Roma” de Mussolini que llevó a los fascistas al poder en Italia en octubre de 1922, Hitler planificó hacer su jugada, lo que incluía una análoga “marcha sobre Berlín”, para tomar el control del gobierno nacional.

Al mismo tiempo, los miembros del gobierno estatal bávaro luchaban por un cambio. En protesta ante la decisión de Berlín de detener la resistencia pasiva contra las tropas de ocupación francesas y belgas en la región del Rin y del Ruhr, el gobierno bávaro había declarado un estado de emergencia, había puesto al primer ministro Gustav Ritter von Kahr a cargo, como comisario político general del Estado, junto con sus colaboradores, el general de las Fuerzas Armadas Otto von Lossow y el jefe de la Policía del Estado, Hans Ritter von Seisser. Este “triunvirato” abogó públicamente por una marcha nacional sobre Berlín, pero secretamente calculó que otros en el servicio militar y civil en Berlín harían el trabajo sucio, arrasarían con la detestada República y establecerían un régimen autoritario. Entonces, los bávaros disfrutarían los frutos del putsch sin asumir sus riesgos y simultáneamente mantendrían su autonomía en Baviera. Sin embargo, cuando al triunvirato le quedó claro que habían calculado mal, contemplaron tomar medidas contra Berlín por sus propios medios. Se reunieron en la noche del 8 de noviembre de 1923 en la cervecería Bürgerbräu Keller en el lado este de Múnich, para analizar la estrategia.

Mientras tanto, la coalición nacionalista völkisch y radical, incluidos los nazis, se habían unido en una formación que denominaban la Kampfbund (Liga de Combate). Los líderes völkisch se volvieron cada vez más impacientes e impulsaron un violento derrocamiento del Gobierno en Berlín. Hitler, quien se había apodado a sí mismo como el “tambor” de los movimientos asociados con la Kampfbund, le temía al primer ministro bávaro Kahr más que a cualquier otro líder como posible rival. Habiéndose enterado de la reunión del 8 de noviembre, a la que no había sido invitado, Hitler y los otros conspiradores planificaron irrumpir en ella y anunciar la deposición del gobierno bávaro y federal, y forzar al triunvirato a legitimar su movimiento. Obligarían a von Lossow y a von Seisser a ordenar que las tropas bávaras salieran a las calles en apoyo del gobierno de “renovación nacional” y, junto con las unidades paramilitares en la coalición Kampfbund, se apoderaran de edificios militares y administrativos cruciales. Una vez que la coalición hubiera tomado Baviera, sus líderes marcharían sobre Berlín bajo la inspiración y el liderazgo de Hitler.

EL PUTSCH

Alrededor de las 8.30 en la noche del 8 de noviembre, el destacamento de guardaespaldas personal de Hitler, el Stoßtrupp Adolf Hitler, llegó a la cervecería Bürgerbräu Keller para sumarse a las unidades de las tropas de asalto que se preparaban para rodear la cervecería. Habiendo entrado en las instalaciones sin ser visto, Hitler tomó la llegada del Stoßtrupp como la señal para comenzar el putsch. Hizo disparos al techo con su pistola, interrumpió el mitin de Kahr y declaró que la “revolución nacional” había comenzado. Rodeado por guardias armados, Hitler se abrió camino hasta el frente y se dirigió brevemente a la multitud. Luego le ordenó al triunvirato bávaro -von Lossow, von Seisser y von Kahr- que fuera a una sala contigua, donde los intimidó a punta de pistola para que respaldaran su putsch. Creyendo que había conseguido su apoyo, Hitler y los tres líderes bávaros regresaron a la sala principal y se dirigieron a la multitud. Declararon su solidaridad con el movimiento de Hitler y anunciaron los nombramientos clave del nuevo gobierno.

Sin embrago, una vez que pusieron en marcha el putsch, los conspiradores cometieron una serie de errores cruciales. Primero, el éxito general dependía de la toma de oficinas estatales y centros de comunicación, y del uso de la autoridad del triunvirato para hacer intervenir a los militares y a la policía. Mientras que los rebeldes tomaron temporalmente algunas oficinas, incluida la sede municipal de la Reichswehr y el cuartel de la policía de Múnich, no pudieron tomar otros centros clave. Peor aún fue que Hitler dejó al triunvirato bajo la custodia de von Ludendorff, quien cedió a sus súplicas para abandonar la cervecería Bürgerbräu Keller, supuestamente para asumir sus funciones asignadas en el putsch. Sin embargo, una vez libres, enseguida denunciaron el derrocamiento y les ordenaron a las unidades militares y de policía que lo reprimieran. Puesto que los conspiradores no habían podido tomar el control de las comunicaciones en la ciudad, el triunvirato pudo llamar a las fuerzas policiales suburbanas y a las tropas de bases cercanas.

Los conspiradores estaban demasiado desorganizados para aprovechar incluso el breve período de confusión que podría haber favorecido su éxito. Tras enterarse de la traición del Triunvirato, Hitler evitó hacer declaraciones explícitas durante varias horas antes de decidirse a seguir adelante con la marcha sobre Berlín. La indecisión les dio a las autoridades bávaras tiempo para organizarse y defender Múnich. En un último esfuerzo encarnizado para conseguir el apoyo de los ciudadanos y soldados, Hitler lideró a alrededor de 2000 nazis y a otros miembros de la Kampfbund en una marcha hacia la Feldherrnhalle en la avenida Ludwigstrasse. La policía de Múnich se enfrentó con los manifestantes cuando llegaron a la plaza del Odeón (Odeonsplatz). Como resultado del tiroteo, fallecieron catorce nazis y cuatro oficiales de policía, y se puso fin al golpe de Estado en la ciudad. Los demás nazis fallecieron en otras localidades. Hitler había confiado en la Kampfbund paramilitar para triunfar, pero la falta de apoyo por parte de la policía y las unidades militares ubicadas en el lugar condenó la iniciativa al fracaso.

JUICIO

Un panel de cinco jueces dirigido por Georg Neithardt presidió el juicio de Hitler y los demás líderes del putsch en marzo de 1924. Al igual que la mayoría de los jueces durante el período de Weimar, Neithardt tendía, en los casos de alta traición, a demostrar indulgencia hacia los acusados de derecha que afirmaban haber actuado por sinceros motivos patrióticos. Usando su Cruz de Hierro, otorgada por su valentía durante la Primera Guerra Mundial, Hitler aprovechó la indulgencia de los jueces para pontificar en contra de la República de Weimar. Afirmó que el gobierno federal en Berlín había traicionado a Alemania al firmar el Tratado de Versalles y justificó sus actos al sugerir que existía una clara e inminente amenaza comunista para Alemania. Aunque los jueces condenaron a Hitler por el cargo de alta traición, le dieron la condena más leve posible de cinco años en una cárcel de mínima seguridad en Landsberg am Lech. Cumplió solo ocho meses en prisión. Mientras que Hitler contaba con una base de apoyo, los periódicos de izquierda y de derecha criticaron la indulgencia de esta condena y un prominente profesor de Derecho publicó un trabajo que describía muchos de los errores más atroces del juicio. Los funcionarios del Gobierno bávaro estaban igualmente descontentos con el veredicto y la condena, pero debían actuar con compostura para evitar dar la impresión de intentar influenciar los asuntos del Ministerio de Justicia bávaro.

Durante este breve período en prisión, Hitler tuvo un estilo de vida agradable para un preso. Las autoridades de la prisión le permitían vestir de civil, reunirse con otros presos como quisiera y enviar y recibir una voluminosa cantidad de cartas. También le permitían utilizar los servicios de su secretario personal, Rudolf Hess, compañero de prisión, también condenado por alta traición. Mientras estaba en prisión, Hitler le dictó a Hess el primer volumen de su infame autobiografía, Mein Kampf (Mi lucha).

EL LEGADO DEL PUTSCH DE LA CERVECERÍA

El Putsch de la Cervecería tuvo numerosos legados ominosos. Entre quienes marcharon con Hitler hacia la plaza del Odeón el 9 de noviembre de 1923, había hombres que luego ocuparían cargos clave en la Alemania nazi: Hermann Göring, Heinrich Himmler, Rudolf Hess, Julius Streicher y Wilhelm Frick. Cuatro de estos cinco hombres estarían en el banquillo de los acusados en el juicio de los principales criminales de guerra en Núremberg en 1945; el quinto solo escapó de ese destino al suicidarse.

Los objetivos de los líderes del putsch eran igualmente premonitorios. Buscaban aplastar a la oposición política interna y aniquilar a quienes se resistieran, establecer un estado dictatorial donde la ciudadanía estuviera restringida a los alemanes de linaje “nórdico”, excluir a los judíos de la vida política y aprobar leyes de emergencia que permitirían la “eliminación de todas las personas peligrosas para la seguridad y bocas inútiles” que serían encarceladas “en campos de concentración [Sammellager] y, cuando fuera posible, puestas a realizar trabajos productivos para la comunidad”. Cuando Hitler y los nazis tomaron el poder en 1933, cumplieron cada uno de estos objetivos en dos años.

Hitler aprendió importantes lecciones prácticas del fallido putsch. Primero, comprendió que el movimiento nazi no podría destruir la República mediante el ataque directo sin el apoyo del ejército y de la policía. Segundo, comprendió que el éxito dependía del Partido nazi como líder indiscutible del movimiento völkisch y de Hitler como líder indiscutible de los nazis. Por último, la experiencia le enseñó a Hitler que un intento de derrocar al Estado por la fuerza provocaría una respuesta militar en su defensa. A partir de ese momento, se comprometió a aprovechar la democracia de Weimar para socavar las bases del Estado desde adentro, intentar llegar al poder por medio del voto popular y utilizar las libertades de expresión y de reunión garantizadas por la República de Weimar para influenciar ese voto.

Tras el putsch, el gobierno federal y bávaro prohibió el Partido Nazi, sus formaciones y su periódico. Pero el compromiso público de Hitler de llegar al poder por medios legales indujo a las autoridades a levantar la prohibición en 1925. Una cuidadosa reestructuración organizativa del Partido Nazi bajo el control absoluto de Hitler entre 1925-1929, necesaria debido a la disolución del partido en 1924, demostraría su primer resultado de importancia en el gran avance electoral de los nazis en las elecciones del Reichstag de 1930.

El liderazgo de Hitler y del Partido Nazi cultivaron la memoria del Putsch de la Cervecería, y le dieron un lugar especial en la narrativa del movimiento nazi y, finalmente, en la del Estado alemán. Después de que Hitler consolidara el poder, la Alemania nazi celebró el 9 de noviembre como el Día del Duelo del Reich (Reichstrauertag). La plaza del Odeón, la plaza de la ciudad donde los conspiradores se habían enfrentado con la policía, se convirtió en un importante lugar conmemorativo para el Partido Nazi. Solo después de la Segunda Guerra Mundial, las autoridades de la República Federal de Alemania dedicaron una placa para recordar a los cuatro oficiales que fallecieron en el cumplimiento del deber en defensa de la República de Weimar.