<p>Escena organizada por los nazis con motivo de una inspección del ghetto de Theresienstadt por parte de la Cruz Roja Internacional. Checoslovaquia, 23 de junio de 1944.</p>

El engaño del público

Los nazis con frecuencia usaron la propaganda para ocultar sus objetivos políticos y engañar al público alemán e internacional. Con el fin de ocultar sus verdaderas metas ideológicas, y justificar la guerra y la violencia contra civiles inocentes, describían a Alemania como la víctima de la agresión aliada y judía.

Hechos clave

  • 1

    Hitler y los líderes nazis diseñaron un falso ataque polaco contra una estación de radio alemana para ocultar y justificar su invasión a Polonia.

  • 2

    Para desviar las críticas sobre sus actos, los líderes de la Alemania Nazi acusaron a los aliados y a los “judíos” de difundir mentiras maliciosas e “historias de atrocidades”.

  • 3

    Los propagandistas nazis disfrazaron las políticas genocidas del régimen contra los judíos de Europa, argumentando que estaban “reasentando” a la población judía.

“Era inconcebible para el sentido común que fuera posible exterminar a decenas y cientos de miles de judíos”.
­—Yitzhak Zuckerman, uno de los líderes de la resistencia judía en Varsovia.

La propaganda fue una herramienta importante para obtener el apoyo de la mayoría del público alemán que no había respaldado a Adolf Hitler. Esta sirvió para hacer avanzar el programa radical nazi, que requería la aceptación, el apoyo o la participación de amplios sectores de la población.

Un nuevo aparato de propaganda estatal dirigido por Joseph Goebbels, combinado con el uso del terror para intimidar a quienes no se sometían, permitió manipular y engañar a la población alemana y al mundo exterior. Los propagandistas predicaron un atractivo mensaje de unidad nacional y un futuro utópico que tuvo resonancia para millones de alemanes. También organizaron campañas que facilitaban la persecución de los judíos y de otros grupos que estaban excluidos de la visión nazi de la “comunidad nacional”.

Propaganda, política exterior y conspiración para hacer la guerra

Al igual que durante el gobierno demócrata de Weimar, después de que los nazis subieron al poder a principios de 1933, el rearme fue un elemento fundamental de la política nacional alemana. Los líderes alemanes esperaban lograr este objetivo sin provocar la intervención militar preventiva de Francia y Gran Bretaña, ni de Polonia y Checoslovaquia, los estados al este de la frontera de Alemania. El régimen tampoco quería atemorizar a la población alemana, que estaba temerosa de otra guerra en Europa. El espectro de la Primera Guerra Mundial y la muerte de dos millones de soldados alemanes en ese conflicto seguían atormentando la memoria popular.

Durante la década de 1930, Hitler describió a Alemania como una nación victimizada, esclavizada por las cadenas del Tratado de Versalles posterior a la Primera Guerra Mundial, y a la que se le había negado el derecho a la autodeterminación nacional.

De manera universal, los propagandistas de guerra justifican el uso de la violencia militar, describiéndola como moralmente defendible y necesaria. De lo contrario, se pondría en riesgo la moral pública y la fe en el gobierno y en sus fuerzas armadas. Durante el tiempo que duró la Segunda Guerra Mundial, los propagandistas nazis disfrazaron la agresión militar dirigida a la conquista territorial como un acto de defensa justo y necesario. Describían a Alemania como una víctima real o posible de los agresores extranjeros, como una nación amante de la paz que se veía obligada a tomar las armas para proteger a su pueblo o defender la civilización europea del comunismo.

Los objetivos de guerra que manifestaron en cada etapa de las hostilidades casi siempre ocultaban las verdaderas intenciones nazis de expansión territorial y guerra racial. Su propaganda era engañosa y estaba diseñada para embaucar o desorientar a las poblaciones de Alemania, de los territorios ocupados por esta y de los países neutrales.

Preparación de la nación para la guerra

En el verano de 1939, mientras Hitler y sus asistentes finalizaban los planes para la invasión de Polonia, la población de Alemania estaba tensa y temerosa. Los alemanes se sentían envalentonados con la reciente y sensacional expansión de las fronteras alemanas hacia los países vecinos de Austria y Checoslovaquia, que se había logrado sin haber disparado un solo tiro; sin embargo, no abarrotaron las calles haciendo llamados a la guerra como lo había hecho la generación de 1914.

Antes del ataque alemán a Polonia del 1º de septiembre de 1939, el régimen nazi lanzó una agresiva campaña en los medios de comunicación para crear apoyo del público por una guerra que pocos alemanes deseaban. Con el fin de presentar la invasión como una acción defensiva moralmente justificable, la prensa alemana exageró las “atrocidades polacas”, haciendo referencia a la discriminación y la violencia física reales o supuestas dirigidas contra los alemanes étnicos que vivían en Polonia. La prensa deploró el “belicismo” y el “chauvinismo” polacos, y también atacó a los británicos por incitar a la guerra al prometer defender a Polonia en caso de una invasión alemana.

El régimen nazi orquestó incluso un incidente en la frontera, diseñado para aparentar que Polonia había iniciado las hostilidades. El 31 de agosto de 1939, unos hombres de las SS vestidos con uniformes del ejército polaco “atacaron” una emisora de radio alemana en Gleiwitz (Gliwice). Al día siguiente, Hitler anunció ante la nación alemana y el mundo entero su decisión de enviar tropas a Polonia en respuesta a las “incursiones” polacas contra el Reich. La oficina de prensa del Partido Nazi del Reich dio instrucciones a la prensa de evitar el uso de la palabra guerra. Debían informar que las tropas alemanas simplemente habían repelido los ataques de los polacos, una táctica diseñada para definir a Alemania como víctima de la agresión. La responsabilidad de declarar la guerra recaería sobre los británicos y los franceses.

En un esfuerzo por darle forma a la opinión pública tanto a nivel nacional como internacional, la maquinaria de propaganda nazi exageró las historias de nuevas “atrocidades polacas” una vez iniciada la guerra. Difundieron los ataques contra alemanes étnicos en ciudades como Bromberg (Bydgoszcz), donde los civiles que huían y los soldados del ejército polaco mataron entre cinco mil y seis mil alemanes étnicos a quienes percibieron, al fragor de la invasión, como traidores, espías, nazis o francotiradores de la quinta columna. Al exagerar la cifra real de alemanes étnicos asesinados en Bromberg y en otras ciudades hasta alcanzar 58.000, la propaganda nazi exacerbó las pasiones y ofreció una “justificación” para la cantidad de civiles a quienes los alemanes intentaban matar.

Los propagandistas nazis convencieron a algunos alemanes de que la invasión de Polonia y las subsiguientes políticas de ocupación estaban justificadas. Para muchos otros, la propaganda reafirmó un sentimiento antipolaco profundamente arraigado. Los soldados alemanes que prestaron servicio en Polonia tras la invasión escribían cartas a casa, en las que reflejaban el apoyo a la intervención militar alemana para defender a los alemanes étnicos. Algunos soldados expresaban su desprecio y desdén por la “criminalidad” y la “subhumanidad” de los polacos, y otros veían con disgusto a la población judía residente, comparando a los judíos polacos con las imágenes antisemitas que recordaban del periódico Der Stürmer o de la exposición llamada el “Judío eterno”, así como más adelante, de la película que llevó el mismo nombre.

Los noticieros cinematográficos también tuvieron una importancia central en los esfuerzos de Goebbels, el ministro de propaganda alemana, por dar forma y manipular la opinión pública durante la guerra. Para ejercer un mayor control sobre el contenido de los noticieros cinematográficos después de que iniciara la guerra, el régimen nazi consolidó las diversas empresas rivales de noticieros cinematográficos de todo el país para formar una sola empresa, la Deutsche Wochenschau (Perspectiva Semanal Alemana). Goebbels colaboró activamente en la creación de cada entrega, incluso en la edición y la revisión de los guiones. De 12 a 18 horas de filme tomado por fotógrafos profesionales, que un mensajero llevaba a Berlín todas las semanas, se editaban para producir cortos de 20 a 40 minutos. La distribución de los noticieros cinematográficos se expandió drásticamente, ya que la cantidad de copias de cada episodio aumentó de 400 a 2.000 y se crearon docenas de versiones en otros idiomas (incluidos el sueco y el húngaro). Los cines rodantes llevaban los noticieros cinematográficos a las áreas rurales de Alemania.

La propaganda del engaño

El 1º de septiembre de 1939, las fuerzas alemanas invadieron Polonia. La guerra que el régimen nazi desató provocaría sufrimiento y pérdidas humanas incalculables. Después de la invasión alemana a la Unión Soviética en el verano de 1941, las políticas antisemitas del nazismo dieron un vuelco radical hacia el genocidio.

El 20 de enero de 1942, durante la Conferencia de Wannsee se anunció la decisión de aniquilar a los judíos europeos ante los funcionarios de alto rango del Partido Nazi, de las SS y del estado alemán, cuyas dependencias contribuirían a implementar una “solución final al problema judío” en toda Europa. Después de la conferencia, la Alemania nazi implementó el genocidio a escala continental, con la deportación de judíos de toda Europa a los centros de exterminio de Auschwitz-Birkenau, Treblinka y otros, ubicados en la Polonia ocupada por los alemanes.

Los líderes nazis tenían la intención de engañar a la población alemana, a las víctimas y al mundo exterior sobre su política genocida hacia los judíos. ¿Qué sabían los ciudadanos alemanes sobre la persecución y el asesinato masivo de los judíos? A pesar de la transmisión y la publicación de declaraciones generales sobre la meta de eliminar a “los judíos”, el régimen practicó una propaganda de engaños al ocultar detalles específicos acerca de la “solución final”, y los controles impuestos sobre la prensa impedían que los alemanes leyeran las declaraciones de los líderes aliados y soviéticos en las que condenaban los delitos cometidos por los alemanes.

Al mismo tiempo, inventaron historias positivas como parte de ese engaño planificado. En un folleto impreso en 1941 se informaba con entusiasmo que, en la Polonia ocupada, las autoridades alemanas habían puesto a trabajar a los judíos, habían construido hospitales limpios, habían establecido comedores comunitarios para los judíos, y les habían repartido periódicos y ofrecido capacitación vocacional. A través de carteles y artículos se le recordaba constantemente a la población alemana que no debía olvidar las historias de atrocidades que la propaganda aliada había difundido sobre los alemanes durante la Primera Guerra Mundial, como la falsa acusación de que los alemanes les habían cortado las manos a niños belgas.

Los autores también les ocultaron sus intenciones homicidas a muchas de sus víctimas. Antes y después de lo sucedido, los alemanes utilizaron eufemismos engañosos para explicar y justificar las deportaciones de judíos de sus hogares a guetos o a campos de tránsito, y de los guetos y campos a las cámaras de gas de Auschwitz y otros centros de exterminio. Los funcionarios alemanes sellaban los pasaportes de los judíos con la inscripción “evacuado”, una palabra con connotación neutral, al deportarlos de Alemania y Austria al gueto “modelo” de Theresienstadt, cerca de Praga, o a los guetos del Este. Los burócratas alemanes caracterizaron las deportaciones de los guetos como “reasentamientos”, aunque dichos “reasentamientos” generalmente terminaban en la muerte.

Propaganda nazi sobre los guetos

Un tema recurrente de la propaganda antisemita nazi era que los judíos transmitían enfermedades.

Para evitar que las personas que no eran judías trataran de entrar a los guetos y vieran por sí mismas las condiciones en las que vivían los judíos, las autoridades alemanas colocaban anuncios de cuarentena en las entradas, donde advertían sobre el peligro de enfermedades contagiosas. Como la higiene inadecuada y la falta de suministro de agua, aunadas a las raciones insuficientes de alimentos, deterioraban rápidamente la salud de los judíos de los guetos, estas advertencias se convirtieron en una profecía autocumplida cuando el tifo y otras enfermedades infecciosas devastaron a las poblaciones de los guetos. La propaganda nazi utilizó estas epidemias provocadas por el hombre para justificar el aislamiento de los judíos “mugrosos” de la población en general.

Theresienstadt: un engaño propagandístico

Uno de los esfuerzos de engaño más tristemente célebres del nazismo fue la creación en noviembre de 1941 de un campo-gueto para judíos en Terezín, en la provincia checa de Bohemia. Conocido por su nombre alemán de Theresienstadt, este centro funcionó como un gueto para judíos ancianos y prominentes de Alemania, Austria y los territorios checos, y como un campo de tránsito para los judíos checos que vivían en el Protectorado de Bohemia y Moravia controlado por Alemania.

El régimen nazi se anticipó al hecho de que algunos alemanes podrían considerar poco convincente la historia oficial del envío de judíos al Este para realizar trabajos en el caso de los judíos ancianos, los veteranos de guerra discapacitados y los músicos o artistas destacados, así que difundió cínicamente la existencia de Theresienstadt como una comunidad residencial donde los judíos alemanes y austríacos ancianos o discapacitados podían “jubilarse” y vivir en paz y con seguridad. Esta ficción fue inventada para su difusión en el Gran Reich Alemán. En realidad, ese gueto servía como un campo de tránsito para deportaciones a los guetos y centros de exterminio de la Polonia ocupada por Alemania, así como a sitios de exterminio en la Bielorrusia y los Estados Bálticos ocupados por Alemania.

En 1944, ante la presión de la Cruz Roja Internacional y de la Cruz Roja danesa tras la deportación de unos 400 judíos daneses a Theresienstadt en el otoño de 1943, los oficiales de las SS permitieron la visita de los representantes de esa organización a Theresienstadt. Para entonces, la noticia del asesinato masivo de judíos ya había llegado a la prensa mundial y Alemania estaba perdiendo la guerra. En un elaborado engaño, las autoridades de las SS aceleraron las deportaciones del gueto antes de la visita y ordenaron a los prisioneros que permanecían en el lugar que lo “embellecieran”. Los prisioneros tuvieron que plantar jardines, pintar casas y renovar barracas. Las autoridades de las SS organizaron eventos sociales y culturales para los dignatarios visitantes. Después de que los representantes de la Cruz Roja se fueron, las SS reanudaron las deportaciones de Theresienstadt y continuaron hasta octubre de 1944. En total, los alemanes deportaron a aproximadamente 90 mil judíos alemanes, austríacos, checos, eslovacos, holandeses y húngaros del campo-gueto a sitios y centros de exterminio del “Este”. Solo unos pocos miles lograron sobrevivir. Más de 30 mil prisioneros murieron en Theresienstadt, principalmente a causa de enfermedades o por inanición.

La visita de la Cruz Roja a Theresienstadt

Para 1944, la mayor parte de la comunidad internacional estaba al tanto de la existencia de los campos de concentración y sabía que los alemanes y sus socios del Eje maltrataban brutalmente a los prisioneros que mantenían ahí, pero los detalles precisos de las condiciones de vida en estos campos no estaban claros.

En 1944, los funcionarios de la Cruz Roja danesa, que estaban preocupados por los casi 400 judíos daneses deportados por los alemanes a Theresienstadt en el otoño de 1943, debido a los alarmantes informes que circulaban sobre el destino de los judíos en la dictadura nazi, exigieron que la Cruz Roja Internacional, con sede en Suiza, investigara las condiciones de vida en el campo-gueto. Después de una demora considerable, las autoridades alemanas aceptaron permitir una inspección de la Cruz Roja en el campo-gueto en junio de 1944.

La información recopilada durante esta investigación se transmitiría a todo el mundo. Los periódicos de EE. UU. y de todo el mundo cubrieron los aspectos de la investigación de la Cruz Roja.

Filme propagandístico: con la lente en Theresienstadt

En diciembre de 1943, los oficiales de las SS a cargo de la oficina de emigración judía de Praga, afiliada a la Oficina Principal de Seguridad del Reich (RSHA), decidieron filmar una película sobre este campo. Gran parte se filmó durante el verano posterior a la visita de la Cruz Roja; en la película se muestra a los prisioneros del gueto mientras asisten a conciertos, juegan al fútbol, trabajan en huertos familiares y descansan en las barracas y fuera de ellas bajo el sol. Las SS obligaron a los residentes a trabajar como escritores, actores, decoradores, editores y compositores. Muchos niños participaron en la filmación a cambio de comida, incluidos leche y dulces, que normalmente no recibían.

El propósito de los funcionarios de rango medio de la RSHA al realizar esta película no está del todo claro. Quizás tenían la intención de proyectarla solo fuera de Alemania, ya que en 1944 el público alemán podría haberse preguntado por qué los residentes de los guetos parecían vivir mejor y con más lujos que muchos alemanes en tiempos de guerra. Al final, las SS no terminaron la película sino hasta marzo de 1945, y nunca la exhibieron. De hecho, la película completa no sobrevivió la guerra.

Al igual que con otros esfuerzos por engañar al pueblo alemán y al mundo en general, el régimen nazi aprovechó la renuencia del ser humano promedio por comprender las dimensiones de estos delitos. Los líderes de las organizaciones de la resistencia judía, por ejemplo, intentaron advertir a los residentes de los guetos sobre las intenciones de los alemanes, pero incluso los que se enteraban de los centros de exterminio no necesariamente creían lo que habían escuchado. “Era inconcebible para el sentido común que fuera posible exterminar a decenas y cientos de miles de judíos”, dijo Yitzhak Zuckerman, uno de los líderes de la resistencia judía en Varsovia.

Propaganda hasta el amargo final

La victoria soviética en la defensa de Moscú el 6 diciembre de 1941 y la declaración de guerra de Alemania a Estados Unidos cinco días después, el 11 de diciembre, aseguraron un conflicto militar prolongado. Después de la catastrófica derrota alemana en Stalingrado en febrero de 1943, el desafío de mantener el apoyo popular por la guerra se volvió aún más enorme para los propagandistas nazis. Los alemanes ya no podían reconciliar las noticias oficiales con la realidad, y muchos comenzaron a escuchar las transmisiones radiales extranjeras para obtener la información correcta. Como las personas que asistían a los cines comenzaron a rechazar los noticieros cinematográficos por ser una propaganda descarada, Goebbels ordenó incluso que los cines cerraran con llave sus puertas antes de proyectar los episodios semanales para obligar a los espectadores a verlos si querían ver las películas de las carteleras.

Hasta el final de la guerra, los propagandistas nazis mantuvieron la atención del público enfocada en lo que le sucedería a Alemania en caso de una derrota. En particular, el Ministerio de Propaganda explotó la divulgación de un plan de posguerra para la economía de Alemania, que Henry Morgenthau, Jr., Secretario del Tesoro de la administración Roosevelt, desarrolló en 1944. La visión de Morgenthau consistía en despojar a Alemania de su industria pesada y regresar al país a una economía agraria. Este tipo de historias, que tuvieron cierto éxito en fortalecer la resistencia a medida que las tropas aliadas entraban a Alemania, tenían el objetivo de intensificar el temor a la capitulación, alentar el fanatismo y continuar la destrucción del enemigo.

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